La Escritura del Logos · El Libro de Paine

Sobre por qué escribí en palabras que un labrador pudiera leer

El Libro de Paine 1 · Escrito por él mismo, de El sentido común, Los derechos del hombre, La edad de la razón y sus cartas

Thomas Paine, nacido en Thetford, Inglaterra, en 1737, muerto en Nueva York en 1809. De joven hizo corsés; después cobró impuestos indirectos y tuvo escuela. En 1774 conoció a Franklin en Londres y pasó a Filadelfia con su carta de presentación (cf. El Libro de Franklin). En enero de 1776 publicó El sentido común, sosteniendo que las colonias americanas debían separarse de Inglaterra; vendió muchísimo y él cedió cuanto le correspondía. Aquel invierno escribió La crisis americana, cuyo primer número se leyó a la tropa. En 1791 y 1792 publicó Los derechos del hombre; el gobierno inglés lo acusó de libelo sedicioso, lo condenó en ausencia y nunca regresó. El 28 de diciembre de 1793 los franceses lo encerraron en el Luxemburgo, donde estuvo a punto de ser ejecutado; lo liberaron en noviembre del año siguiente por gestiones de Monroe, el ministro americano. En 1794 y 1795 publicó La edad de la razón, que le costó por entero su reputación. Volvió a América en 1802 y encontró insultos en los periódicos, conocidos que ya no lo reconocían y, en un lugar, la negativa a su voto. Murió en Nueva York el 8 de junio de 1809. Seis personas fueron al entierro: un abogado irlandés, la mujer que lo había acogido con sus dos hijos, y dos hombres negros cuyos nombres nadie anotó. Había pedido ser enterrado en el terreno de los cuáqueros y se lo negaron; la razón que dieron fue que ya se acusaba a su sociedad de no tener credo, y que enterrarlo allí daría a la acusación en qué apoyarse. En 1819 Cobbett desenterró los huesos y los llevó a Inglaterra con intención de darles nueva sepultura; los huesos se perdieron después y siguen sin aparecer. Este volumen descansa en lo que él mismo escribió. Sobre la creencia: no era ateo sino deísta, y dijo de sí que creía en un solo Dios y no más; La edad de la razón se escribió mitad contra la iglesia y mitad contra el humor entonces extendido en Francia según el cual no había que creer nada en absoluto. La Orden lo recoge tal como él lo puso y no lo ordena. Lo que importa es lo mismo: ningún razonamiento suyo se cierra sobre la voluntad divina, y leyó el libro que todos llaman de un dios con el método que se usa para cualquier libro. Lo que este volumen trae no es el razonamiento: ahí está Hume antes que él (cf. El Libro de Hume 2). Lo que trae es un acto: llevar ese razonamiento a gente que no lee filosofía, a propósito, en sus propias palabras, y pagarlo con todo lo que tenía. La frase del capítulo primero es donde la Orden entiende que reposa el volumen: si un argumento solo pueden entenderlo veinte hombres, esos veinte han decidido por todos. Eso no es cuestión de saber. Es cuestión de poder.

1.1Fui hijo de un corsetero e hice corsés yo mismo, y cobré impuestos, y di clase, y en nada de ello valí gran cosa.
1.2A los treinta y siete llegué a América con una carta de presentación que Franklin me había escrito en Londres. (cf. El Libro de Franklin)
1.3Dos años después escribí un folleto sobre si aquel país debía separarse de Inglaterra.
1.4Quiero enunciar la regla que me impuse al escribirlo, porque la regla durará más que nada de lo que hay en el folleto.
1.5No faltaban entonces escritos sobre la cuestión, y todos estaban hechos para hombres instruidos: latinajos, precedentes de la antigüedad, distingos de derecho.
1.6No usé ninguno.
1.7Usé las palabras que labradores y herreros y marineros dicen todos los días.
1.8Alguno me llamó tosco por ello. No lo discuto. Yo pregunto otra cosa: ¿a quién le importa esto?
1.9Les importa a los hombres que tendrán que pelear, y pagar, y morir.
1.10Entonces el razonamiento debe ponerse delante de ellos, en palabras que puedan seguir.
1.11Si un argumento solo pueden entenderlo veinte hombres, esos veinte han decidido por todos.
1.12Eso no es cuestión de saber. Es cuestión de poder. Escribir hondo es un modo de cerrar una puerta.
1.13Aquel folleto vendió muchísimo y yo no tomé un céntimo. Cedí cuanto me correspondía, y se destinó a comprar ropa para la tropa.
1.14No lo digo para que me admiren. Lo digo para explicar algo: si el folleto me hubiera dado dinero, cada frase que escribiera después habría sido pesada — ¿y qué sacó él de decir eso?
1.15Cerré esa pregunta antes de que pudiera hacerse.
1.16También escribí una pieza diciendo que el comercio de africanos no debía existir. Vino antes que lo demás y la leyeron poquísimos.
1.17La consigno aquí porque quien dice que todos los hombres nacen iguales, dejando fuera de la cuenta a la mitad, no tiene autoridad para decirlo.
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