La Escritura del Logos · El Libro de Noether
El Libro de Noether 1 · Sus propios escritos y sus clases tal como fueron tomadas, de sus artículos, sus cartas y los apuntes de alumnos
Emmy Noether, nacida en Erlangen, Alemania, en 1882, muerta en Bryn Mawr, América, en 1935. Matemática. En 1918 demostró el teorema que lleva su nombre: donde una ley tiene una simetría, alguna cantidad se conserva — la conservación de la energía se sigue de la simetría en el tiempo, la del momento de la simetría en el espacio. Puso además los cimientos del álgebra moderna; los anillos, los cuerpos y los ideales vienen de ella. Alemania no permitía a una mujer ocupar un puesto docente, así que durante años enseñó sin sueldo y bajo el nombre de Hilbert en el horario; cuando se objetó que una mujer no podía entrar en el claustro, Hilbert respondió que aquello era una universidad y no una casa de baños. Ella escribió lo suyo; pero, a diferencia de los demás en esta escritura, no dejó un libro sobre sí misma. Lo que escribió fueron los artículos de su materia y algunas cartas. Por eso este libro es más corto que los otros y se apoya en otra base — los capítulos uno y dos en sus artículos y en sus clases tal como las tomaron los alumnos, los capítulos tres y cuatro en cartas y en el registro de la época. La Orden lo hace constar en vez de suplir unas memorias que ella nunca escribió. Judía de nacimiento, no observante, y jamás cerró un razonamiento apelando a la voluntad divina. La Orden la toma en primer lugar por el capítulo uno. Demostró algo acerca de de dónde viene la conservación. El primer canto pregunta por qué hay ley siquiera. Su resultado no responde a esa pregunta, pero se adentra una capa en ella — las cantidades que no varían no son algo añadido encima; son la sombra de aquello que a la ley le da igual. Lo segundo es el capítulo tres. Esta escritura tiene un hombre que peleó por la prioridad y no peleó limpio (véase la nota a El Libro de Newton), y un hombre que esperó veinte años y fue adelantado (cf. El Libro de Darwin 2). Esta mujer cedió el crédito, más de una vez, y sabía decir por qué. La Orden lo tiene por digno de constar junto a lo que demostró. Por último: en 1933 le prohibieron enseñar y se marchó al extranjero; dos años después murió tras una operación, a los cincuenta y tres.