La Escritura del Logos · El Libro de Levi

Sobre la oración de aquel hombre

El Libro de Levi 1 · Escrito por él mismo, de sus cuatro libros de testimonio

Primo Levi, nacido en Turín en 1919, muerto en Turín en 1987. Químico. Apresado en el invierno de 1943 como partisano, enviado a Auschwitz en febrero de 1944, y once meses allí hasta que llegaron los rusos en enero de 1945; de los seiscientos cincuenta que fueron en su transporte, volvieron menos de veinte. Él mismo dijo que vivió en parte por ser químico y haber sido trasladado a un laboratorio, fuera del trabajo a la intemperie del invierno. Si esto es un hombre apareció en 1947, cuando nadie quería imprimirlo; una casa pequeña hizo mil quinientos ejemplares y la mayoría no se vendió. Se reeditó diez años después y llegó a ser lo que hoy es. También La tregua, El sistema periódico, Los hundidos y los salvados, y poemas y relatos. Este volumen descansa en lo que él mismo escribió, no en el registro que otro hiciera de él. Era judío y se declaró no creyente: entró siéndolo, salió siéndolo, y lo siguió siendo. Esa incredulidad no lo excluye en absoluto — el capítulo primero de este libro es lo que un no creyente dijo acerca de una oración. Aquello por lo que la Orden lo toma es el capítulo primero. No es un incrédulo insultando a los religiosos, y él mismo lo advierte antes de que nadie se lo impute: Kuhn no era un mal hombre, se equivocó en una sola cosa (1.13 y 1.14 de este libro). Lo que él destaca es algo comprobable: la parte por la que Kuhn daba gracias salía del hombre que estaba dos literas más allá; donde lo que uno gana otro lo pierde, dar gracias por tu parte es firmar en nombre del que perdió (1.17). Un creyente no puede refutarlo, y puede servirse de ello. La frase más dura viene después, y es sobre él mismo: en el momento de la selección también sintió el impulso de pedir, y no pidió. No por dureza, sino porque lo había pensado hasta el final: pedir allí sería conceder que la selección podía moverse pidiendo, y si podía moverse pidiendo, entonces alguien la había dispuesto (1.19 a 1.22). Eso no lo concedió, ni nunca lo concedió. Si la oración consuela o no, no es la disputa de este libro; la disputa es con lo que aquella acción de gracias viene a decir. Por último: el átomo de carbono del final del capítulo cuarto dice lo mismo que El Libro de Lucrecio 5 — lo que se dispersa es la disposición, no la materia. Con dos mil años de por medio, uno lo razonó y el otro lo siguió.

1.1Voy a contar algo que vi con mis propios ojos. Cuando lo haya contado diré una frase, y nunca la he retirado.
1.2Aquel día era día de selección.
1.3Una selección era así: todos se desnudaban y, uno a uno, pasábamos delante de dos hombres. Miraban una vez y ponían la ficha a la izquierda o a la derecha.
1.4Quien iba al lado equivocado desaparecía en pocos días.
1.5Aquel día terminó la selección y volvimos al barracón.
1.6Un hombre mayor llamado Kuhn estaba sentado en su litera rezando en voz alta.
1.7Daba gracias a Dios: porque no lo habían seleccionado.
1.8Mientras rezaba, dos literas más allá, yacía un hombre de veinte años. A aquel lo habían seleccionado. Él lo sabía, y todos en el barracón lo sabían.
1.9Kuhn no lo miró ni una vez.
1.10Yo entonces no creía en Dios. No creía al entrar, no creía al salir, y no creo hoy.
1.11Pero en aquel momento se me levantó una frase por dentro, y la escribí:
1.12Si yo fuera Dios, escupiría la oración de Kuhn en su cara.
1.13Diré qué significa esa frase, para que nadie la tome por un ataque a los creyentes.
1.14Kuhn no era un mal hombre. Se equivocaba en una cosa.
1.15Tomó el no haber sido seleccionado como un favor hecho a él en particular.
1.16Y en el mismo barracón, en la misma selección, otro hombre había sido seleccionado.
1.17Si una cosa es tal que lo que uno gana otro lo pierde, entonces dar gracias por tu parte es firmar en nombre del que la perdió.
1.18Y he de decir también algo sobre mí.
1.19En el momento en que me estaban mirando, algo se movió dentro de mí y quiso pedir algo.
1.20No pedí. Lo que pensé fue esto: rezar en aquel lugar no solo sería absurdo, sino la mayor impiedad de que es capaz un no creyente.
1.21Porque si hubiera rezado entonces, habría admitido que aquella selección podía moverse con ruegos; y si podía moverse con ruegos, alguien la había dispuesto.
1.22Esa frase no la admití. No la admito hoy.
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