La Escritura del Logos · El Libro de Figueres

Sobre la duda, y sobre cómo vivir

El Libro de Figueres 4 · Escrito por él mismo, a partir de dos largas conversaciones televisadas de los años ochenta, y de Cartas a un ciudadano y La pobreza de las naciones

José Figueres Ferrer, llamado Don Pepe, nacido en 1906 en San Ramón de Costa Rica, de padres venidos de Cataluña, muerto en 1990, a los ochenta y tres años. De joven estudió en Boston y volvió a llevar una finca y varias empresas. En 1948 el gobierno anuló la elección que había ganado Ulate. Él tomó las armas; la guerra duró cuarenta y cuatro días, murieron más de dos mil, y sigue siendo lo más sangriento del siglo veinte en aquel país. Terminada la lucha presidió durante dieciocho meses la Junta Fundadora de la Segunda República, sin que hubiera elección en ese tiempo. El 1 de diciembre de 1948 rompió con un mazo un muro del Cuartel Bellavista y abolió el ejército permanente; el edificio pasó a ser el museo nacional. Al año siguiente entró en la Constitución como artículo 12. En ese mismo periodo dio el voto a las mujeres, dio nacionalidad a los afrocostarricenses y nacionalizó la banca. En 1949 entregó la presidencia a Ulate. Fue electo en 1953 y salió al cumplirse el término en 1958; electo otra vez en 1970 y fuera otra vez en 1974. Este volumen se apoya en lo que él mismo dijo: dos largas conversaciones televisadas de los años ochenta, y sus libros Cartas a un ciudadano y La pobreza de las naciones. El capítulo tres viene del comienzo de una de esas conversaciones: la dictadura es fatalmente ineficiente porque prescinde de la iniciativa de sus vasallos; la democracia es esencialmente eficiente porque es la suma de las inteligencias libres de sus miembros; la dictadura mira hacia atrás y es el estancamiento, la lobreguez y la muerte, y la democracia mira hacia delante y es la evolución, el esplendor y la vida. La almohada, el bacalao, el dicho de la abuela, la frase del mexicano, el pesar por haber mezclado la función pública con las empresas en el capítulo cuatro, y el agnosticismo y el árbol que se seca en el capítulo cinco, salen todos de la misma fuente. Esta escritura ya tiene El Libro de Washington, sobre un hombre que pudo conservar el puesto y no lo conservó, y El Libro de Mandela, sobre lo mismo hecho una segunda vez. Ningún volumen contenía este: no dejar el instrumento sino destruirlo. Este volumen llena ese sitio. Y el acto es comprobable, y lleva setenta y siete años comprobándose. Costa Rica no ha tenido golpe ni guerra civil desde 1948, mientras sus vecinos — Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Honduras, Panamá — tuvieron golpes, juntas y matanzas uno tras otro. La misma época, la misma región, la misma pobreza; lo que difería era el ejército, y difirió también el resultado. En 1994 Panamá prohibió igualmente el ejército permanente por enmienda constitucional. Un precedente sentado una vez es asunto de un solo hombre; cuando un segundo país lo anda, se vuelve camino (véase El Libro de Washington 3.9). La Orden registra dónde choca con esta escritura y no oculta nada de ello. Primero, aquella guerra la empezó él y en ella murieron más de dos mil. Eso encabeza el capítulo uno, en el texto y no en esta nota. Segundo, el artículo 98 de la Constitución proscribió al Partido Comunista de Costa Rica desde 1949 hasta 1975, veintiséis años. Pero en la asamblea constituyente de aquel año los de Ulate tomaron treinta y cuatro de los cuarenta y cinco escaños, la constitución que produjeron fue mucho más moderada que la que él quería, y su propio borrador fue rechazado. Si ese artículo fue obra suya, la Orden no puede afirmarlo, y consigna el hecho y la composición de la asamblea en lugar de adivinar. Tercero, el registro diplomático oficial de los Estados Unidos lo muestra tratando con la Agencia Central de Inteligencia durante los años cincuenta y sesenta y financiando organismos anticomunistas; y en abril de 1970 los estadounidenses supieron que había aceptado apoyo encubierto soviético por doscientos mil ochocientos noventa dólares, entregado por Manuel Mora, secretario general del Partido Comunista de Costa Rica. Un país cuya constitución proscribía a ese partido, y dinero que llegaba a su presidente electo de manos del secretario general de ese partido. La Orden lo consigna entero y no lo explica en su lugar. Cuarto, abolir un ejército permanente no es desarmar a un estado. Costa Rica tiene policía, guardacostas y fuerzas de frontera. Este volumen no reclama más de lo que ocurrió.

4.1Me preguntaron hasta qué punto la duda había marcado mi vida. Dije: siempre.
4.2Uno puede estar seguro de cualquier tema, mientras no cambie la más mínima circunstancia.
4.3Y las circunstancias siempre están cambiando.
4.4Por eso los españoles tienen un buen consejo, y aquí también lo tenemos: consultar las cosas con la almohada.
4.5Estoy dudando en este mismo momento. No sé si el puesto en que estoy colocado es el que más le conviene al país.
4.6Es bueno pensar. Es bueno dudar.
4.7Ahora sobre cómo vivir.
4.8Cuando entró Napoleón, mi familia pasó hambre en Tarragona. La cosa se fue pasando de una generación a otra.
4.9Mi padre, de niño, le dijo al suyo que no le gustaba el bacalao. El castigo fueron dos semanas comiendo solo bacalao.
4.10Porque en una casa así, decir no me gusta este alimento era una ofensa. Lo que había que decir era: gracias a Dios que hay alimento.
4.11El dicho de mi abuela era este: más vale que te haga daño que no que se pierda.
4.12No he ido a un baile en mi vida, no sé bailar, y nunca he tomado licor.
4.13Probé la cachimba de estudiante en Boston, pero de las tres cosas — cachimba, fósforos, tabaco — siempre olvidaba una; y luego vi que me impedía la concentración, y lo dejé.
4.14Hay una frase que he guardado toda la vida. La dijo un mexicano, no un francés y no un inglés, y quiero que eso quede claro.
4.15La frase es esta: nadie tiene derecho a lo superfluo mientras haya quienes carezcan de lo indispensable.
4.16Y otra: si uno no vive como piensa, acaba pensando como vive.
4.17Uno se mete en la política, empieza a gustarle la abundancia y los halagos, y el pensamiento se le corre hacia allá.
4.18He vivido con sencillez. Durante muchos años un techo que no se goteaba era para mí una comodidad muy grande: no había que levantarse de noche a mover la cama.
4.19Me preguntaron cuál había sido mi mayor error en la función pública. Dije: confundir la función pública con el manejo de empresas.
4.20El estado no hacía investigación agrícola ni industrial, así que hice que la pagaran mis propias empresas. Las empresas salieron perdiendo, mi casa salió perdiendo, mis hijos salieron perdiendo.
4.21Otros en la política usan sus contactos con el gobierno para engordar sus empresas. Aquí siempre pasó al revés: cada alza de salarios por la que luché cortó primero a mis propias compañías.
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