La Escritura del Logos · El Libro de Voltaire
El Libro de Voltaire 3 · Escrito por él mismo, del Tratado sobre la tolerancia, las cartas del caso Calas y la Relación de la muerte del caballero de La Barre
François-Marie Arouet, llamado Voltaire, nacido en París en 1694, muerto en París en 1778. En 1717 fue metido en la Bastilla por unos versos contra el Regente y allí estuvo once meses. En 1726 lo apalearon los criados de un noble, fue él mismo encarcelado por ello y después desterrado a Inglaterra, donde vivió tres años. En 1734 publicó las Cartas filosóficas; el libro fue quemado, se dictó orden de arresto y se retiró a Cirey. Desde 1759 vivió en Ferney, pegado a la frontera suiza, para poder cruzarla en cualquier momento. Publicó el Tratado sobre la tolerancia en 1763 y el Diccionario filosófico en 1764. El caso Calas: Jean Calas, mercader de paños de Toulouse y protestante, fue ejecutado en la rueda el 10 de marzo de 1762 por el asesinato de su hijo, negándolo hasta el final. Voltaire lo creyó culpable al principio (1.7); después conoció al hijo superviviente, pidió el expediente, interrogó a testigos, cambió de parecer y trabajó en ello tres años. El 9 de marzo de 1765 cincuenta jueces revisaron el caso, anularon la sentencia y el gobierno pagó una indemnización a la familia; aquella fecha era el aniversario de la condena. El caso La Barre: François-Jean Lefebvre de La Barre, de veinte años, fue ejecutado en Abbeville el 1 de julio de 1766, acusado de no descubrirse ante una procesión, de hablar con desprecio y de guardar en su cuarto libros juzgados impuros. La sentencia especificaba que el Diccionario filosófico de Voltaire fuera arrojado al fuego y quemado con el cuerpo. Voltaire escribió sobre el caso dos veces, una aquel año y otra nueve años después; no se revocó hasta después de su muerte. Este volumen descansa en lo que él mismo escribió. No era ateo sino deísta, como Paine (cf. la nota de El Libro de Paine). Ningún razonamiento suyo se cierra sobre la voluntad divina. La Orden recoge una cosa con llaneza, sin adornarla ni echársela en cara: lo que escribió sobre los judíos es duro, y no es un desliz aislado sino algo que reaparece a lo largo de sus páginas. Una escritura que toma su fuerza contra el prejuicio debe recoger el prejuicio que él mismo llevaba; la Orden no lo explica. Lo que este volumen trae es algo que la escritura no tenía: bajar una proposición hasta una persona con nombre y no soltarla hasta revocar una sentencia. Hay aquí libros sobre la libertad de conciencia — Spinoza, Mill — y dicen cómo deberían ser las cosas. Voltaire es quien fue y revocó algo ya decidido. La frase del capítulo segundo es donde reposa el volumen: una proposición sin un nombre pegado no mueve a nadie. Y el capítulo cuarto trae algo que la Orden estima igual de alto: consignó el caso que perdió junto al que ganó, y consignó que la mitad de la razón de la pérdida estaba en su propio libro.