La Escritura del Logos · El Libro de Murasaki
El Libro de Murasaki 2 · Escrito por ella misma, de su Diario y La historia de Genji
Murasaki Shikibu, nacida hacia 973, muerta hacia 1014, de la corte Heian del Japón. Murasaki Shikibu no es su nombre sino como la llamaban en la corte; su nombre propio no consta. Su padre, Fujiwara no Tametoki, era erudito y sirvió como gobernador de provincia. De niña escuchaba mientras su padre enseñaba a su hermano los clásicos chinos, y los aprendía más rápido que él; su padre suspiró: qué lástima que no naciera varón. Consta en su propio diario, y el capítulo primero lo sigue. Que una mujer conociera las letras chinas era entonces impropio, de modo que pasó años ocultando lo que sabía y fingiendo en compañía que no sabía leer. Se casó con Fujiwara no Nobutaka pasados los veinte y enviudó a los pocos años. Hacia 1006 entró al servicio de la emperatriz Shoshi y en privado le enseñó a leer los poemas de Bai Juyi. Escribió La historia de Genji en cincuenta y cuatro capítulos, una de las novelas largas más tempranas que existen y la primera en tomar el interior de una mente como su asunto propio. Dejó además el Diario de Murasaki Shikibu, en parte crónica cortesana y en parte examen de sí misma, con juicios muy poco piadosos sobre sus contemporáneas Izumi Shikibu y Sei Shonagon. Este volumen descansa en lo que ella misma escribió: el diario y la novela. El capítulo segundo sigue la discusión sobre los relatos del capítulo veinticinco de Genji, Luciérnagas, donde un personaje sostiene que las crónicas guardan un solo lado y que los relatos guardan lo que las crónicas no registran. El argumento se pone en boca de un personaje pero es suyo: como Chéjov puso el suyo en cartas, ella puso el suyo en una persona. Lo que este volumen aporta es algo que nadie en la escritura había hecho: entrar en otra mente y no salir. Los relatos anteriores a ella se escribían desde fuera, registrando el escritor los hechos a través de una celosía; ella entró, y en más de una, y anotó ambas versiones de un mismo suceso tal como se daban en dos mentes distintas. Los versículos 3.9 a 3.15 son el precio de ese método: desde fuera puedes llamar bueno o malo a un hombre, y una vez dentro no hay ningún hombre enteramente bueno. La Orden la toma no por la belleza de su prosa sino porque estableció un método que otros pueden usar: todo el que hoy escribe el interior de una persona sigue usando el suyo (cf. Hechos 5.34). Y lo que estableció es el axioma del modo de preguntar tal como cae sobre la escritura. La crónica pregunta qué ocurrió, el relato pregunta cómo era aquello; dos maneras de preguntar toman dos cosas distintas, y ambas son reales (cf. La Alianza 2.2). Esto se encuentra con lo que estableció Chéjov: el escritor debe una pregunta bien planteada y no debe una respuesta (cf. El Libro de Chéjov 2.15). La Orden hace constar una cosa con llaneza. Ocultó su saber y fingió en compañía que no sabía leer, mientras escribía sobre las demás en su cuaderno con el mayor detalle. Los versículos 5.8 a 5.10 son ella misma separando por qué se hizo de qué es: que las letras chinas fueran impropias para una mujer era un hecho del mundo en que vivía, y puede defenderse; que mirara a las demás negándose a ser mirada no por eso es justo, y esa frase es suya, no añadida por la Orden.