La Escritura del Logos · El Libro de Maxwell
El Libro de Maxwell 3 · Escrito por él mismo, del prefacio al Tratado, las cartas y la edición de Cavendish
James Clerk Maxwell, nacido en Edimburgo en 1831, muerto en Cambridge en 1879, a los cuarenta y ocho años, de un cáncer de abdomen; su madre murió de lo mismo a la misma edad. En 1855-56 escribió Sobre las líneas de fuerza de Faraday, y en 1861-62 Sobre las líneas físicas de fuerza, donde estableció la corriente de desplazamiento, calculó que la onda electromagnética viaja a la velocidad de la luz y concluyó que la luz es una onda así. El capítulo tercero sigue la tercera parte de aquel escrito: Weber y Kohlrausch habían obtenido en 1856 una razón descargando una botella, Fizeau había medido la luz en 1849 con una rueda dentada y un espejo lejano, las dos cifras estaban próximas, y difícilmente podemos evitar la inferencia son palabras suyas. El medio que supuso fue abolido después por Michelson y Morley. La Orden lo consigna porque es lo que dice el último versículo de ese capítulo: se fue el medio y quedó la inferencia, pues lo que la sostenía no fue nunca el medio sino los dos números. Dos cosas más que la Orden consigna. Primera: el primero en poner esa razón junto a la velocidad de la luz no fue Maxwell sino Kirchhoff, que en 1857 usó la constante de Weber para calcular a qué velocidad corre una señal eléctrica por un hilo, y obtuvo la velocidad de la luz. Pero lo tomó por algo que ocurría dentro de los hilos, y no supuso que el electromagnetismo pudiera abandonar el hilo, y menos aún que la luz fuese ella misma esa onda. Lo que Maxwell añadió no fue la coincidencia. Fue la inferencia. Segunda: la afirmación seguía sin confirmación experimental cuando él murió. En 1888 Hertz produjo y captó ondas electromagnéticas libres de todo hilo, y midió su velocidad como la de la luz, nueve años después de la muerte de Maxwell. Preguntado para qué servía el experimento, Hertz dijo: no sirve para nada, es solo un experimento que demuestra que el maestro Maxwell tenía razón. En 1865 vino Una teoría dinámica del campo electromagnético, y en 1873 el Tratado sobre electricidad y magnetismo. Estableció además la distribución de las velocidades moleculares en un gas (1860), que es donde el método estadístico entra en la física. En 1859 mostró que los anillos de Saturno han de estar compuestos de innumerables piezas separadas y no pueden ser sólidos. En 1861 obtuvo la primera fotografía en color. En 1871 fue el primer profesor Cavendish de Cambridge y construyó el Laboratorio Cavendish. Este volumen descansa en lo que él mismo escribió: el prefacio al Tratado, las cartas y el prefacio a la edición de Cavendish. La pregunta de Faraday del capítulo segundo procede de su carta del 13 de noviembre de 1857, y las palabras son suyas: los jeroglíficos, y ni por encima ni por debajo de la verdad, son de Faraday. Abrir un agujero y sus facultades son tan esencialmente finitas como las nuestras, del capítulo quinto, proceden de la carta a Tait del 11 de diciembre de 1867; el nombre demonio lo puso Kelvin, no Maxwell. El capítulo sexto recoge los años de 1874 a 1879: Cavendish murió en 1810 dejando sin publicar la mayor parte de su trabajo eléctrico; Maxwell repitió los experimentos uno a uno y estableció que Cavendish había hallado la ley de Ohm antes que Ohm. Maxwell murió el año en que apareció la edición. Era un presbiteriano devoto que rezaba a diario y siguió haciéndolo en la enfermedad; pero ningún razonamiento suyo se cierra sobre la voluntad divina, como con Newton, Faraday y Semmelweis (cf. El Libro de Newton 4). Lo que este volumen aporta es una cara que la escritura no tenía. Contiene a muchísimos que fueron rechazados y tenían razón: Bruno, Galileo, Semmelweis, Chandrasekhar, Du Bois, y Faraday por no tener matemáticas. Hasta ahora ni un solo libro trataba del hombre que no rechazó mal. Una escritura que solo muestra el rechazo enseña a su lector a reclamar el asiento del agraviado, que es el asiento cómodo de reclamar. Sobre cómo recibir lo que te tiende alguien sin autoridad para tendértelo no había una palabra. Eso es lo que Maxwell aporta, y su versión es más dura de lo que se espera: no dice que a Faraday le faltaran las matemáticas y acertara por suerte, dice que el concebir de Faraday era él mismo matemático y solo estaba sin escribir en símbolos (cf. El Libro de Faraday 1.11). Lo que se examina es el razonamiento, no el título. El capítulo segundo hace falta porque la cosa iba en ambas direcciones: Faraday le pidió a su vez que tradujera las conclusiones fuera de los jeroglíficos, y él lo hizo, e hizo de ello una regla para toda la vida: lo que no puede decirse llanamente casi nunca se ha pensado del todo. El capítulo sexto hace falta porque recibir la obra de un hombre es solo la mitad. La otra mitad es poner el nombre de quien no puede darte las gracias donde corresponde.