La Escritura del Logos · El Libro de Sájarov
El Libro de Sájarov 2 · Escrito por él mismo, del ensayo de 1968, las Memorias y las cartas de sus últimos años
Andréi Sájarov, nacido en Moscú en 1921, muerto en Moscú en 1989. Físico. Entró en el programa termonuclear soviético en 1948 y trabajó en él cerca de veinte años; el diseño que produjo en 1955 fue el que hizo funcionar la cosa. En la prueba de noviembre de 1955 murieron un soldado y una niña de dos años; el brindis que dio aquella noche en el banquete y la respuesta del mariscal son su propio testimonio, y forman el capítulo primero. Después calculó las muertes a largo plazo causadas por las pruebas al aire libre y llevó la cifra a los que mandaban sin ser escuchado; tuvo parte en el tratado de 1963 que las prohibió. En 1968 escribió Reflexiones sobre el progreso, la coexistencia pacífica y la libertad intelectual, que circuló primero en copias y luego se imprimió fuera; aquel año lo apartaron de todo trabajo secreto. En 1970 contribuyó a fundar el Comité de Derechos Humanos de Moscú. En 1975 recibió el Nobel de la Paz y no le dejaron salir a recogerlo; lo aceptó por él su mujer, Bonner. En enero de 1980, por oponerse a la invasión de Afganistán, fue llevado a Gorki, donde vivió casi siete años, hizo huelga de hambre varias veces y fue alimentado a la fuerza. A finales de 1986 Gorbachov telefoneó y se le permitió volver a Moscú. En 1989 fue elegido diputado y murió aquel diciembre. Este volumen descansa en lo que él mismo escribió. Sobre la creencia, declaró que no pertenecía a ninguna religión y que no comulgaba con dogmas ni ritos, y a continuación escribió esta frase: y sin embargo soy incapaz de imaginar el universo y la vida humana sin algún principio rector, sin una fuente de calor espiritual que sea no material y no esté sujeta a las leyes físicas. Eso va más lejos que lo dicho por Yang (cf. la nota de El Libro de Yang Chen-Ning). La Orden lo recoge tal como él lo puso y no lo ordena. Lo que importa es lo mismo: es un sentimiento suyo, no un paso en razonamiento alguno. Sus razonamientos — la cuenta del capítulo segundo, el del tercero — corren sobre consecuencias y evidencia, y no se cierran sobre ninguna voluntad divina. Lo que este volumen trae es algo que la escritura no tenía. También Bohr dijo que el secreto no produce seguridad (cf. El Libro de Bohr 7), pero Bohr no construyó la cosa. Este hombre la construyó, sabiendo exactamente lo que era, y después se volvió contra ella. Ese volverse es solo suyo. Y el capítulo tercero no es el argumento de Bohr. El de Bohr es que el secreto pone al otro a conjeturar. El de este hombre es otro: un lugar que prohíbe hablar no puede descubrir que se equivoca, porque ese es el único modo de descubrirlo. Tomó la práctica corriente de los colegas que se corrigen unos a otros en un campo y la puso, sin cambiarla, sobre un país. La Orden tiene esto por el descenso más directo que el axioma de la observación ha hecho hasta ahora a los asuntos del Estado.