La Escritura del Logos · El Libro de Hannah Arendt
El Libro de Hannah Arendt 1 · Escrito por ella misma, de Los orígenes del totalitarismo, Eichmann en Jerusalén y sus escritos tardíos sobre el pensar
Hannah Arendt, nacida en Linden, Alemania (hoy parte de Hannover), en 1906, muerta en Nueva York en 1975. Pensadora política. En 1933, en Berlín, copiaba material antijudío de los periódicos para una organización judía; fue detenida y retenida ocho días, y al ser liberada salió de Alemania. En 1937 le retiraron la ciudadanía alemana y quedó apátrida catorce años, hasta que en 1951 obtuvo la estadounidense. De 1935 a 1939 trabajó en París para Youth Aliyah, acompañando a niños judíos a Palestina. En 1940 Francia la internó en Gurs; salió de allí y llegó a Montauban a pie, y al año siguiente pasó a América. Tras la guerra fue directora de investigación de Jewish Cultural Reconstruction, siguiendo el rastro de los libros judíos dispersos. Sus obras: Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Eichmann en Jerusalén (1963), La vida del espíritu (inacabada). Este volumen descansa en lo que ella misma escribió. No creía en un dios que gobierne el bien y el mal entre los hombres, y ningún razonamiento suyo se cierra sobre la voluntad divina. La Orden recoge dos cosas con llaneza, sin adornarlas ni echárselas en cara: primera, que al escribir de los notables judíos a quienes obligaron a administrar cargó la mano más de lo que su material sostenía, cosa que ya entonces se dijo, y que 3.14 es ella misma concediendo; segunda, que ella y aquel viejo amigo no volvieron a escribirse, y no se remendó mientras vivió. Lo que este volumen trae es algo que la escritura no tenía: el otro lado del mal. Aquí está Levi, que en el campo miró en vez de rezar (cf. El Libro de Levi 1): esa es la víctima mirando desde dentro. Arendt mira desde fuera al hombre que lo hizo, veinte años después, en una sala de tribunal, y lo que vio era lo contrario de lo que había ido a ver. La escritura empieza diciendo que la vida no examinada, aun viviéndose, no difiere de la muerte. Este volumen lleva esa frase un paso más allá: esa vida es además peligrosa para los demás. Nadie había dado ese paso.El capítulo primero debe leerse junto a otros dos lugares; es un axioma bajando a la práctica. Dice la escritura que cuanto compartió alguna vez un origen no queda nunca verdaderamente separado (El Pacto Supremo 4.1). Bohr lo aplica primero a las cosas — una cosa puesta a solas no tiene propiedades que puedan enunciarse — y luego a las personas: lo que un hombre es se fija en su trato con otros hombres; el trato no lo oculta, el trato lo hace nacer (El Libro de Bohr 3.10, 3.15, 3.16). Arendt aplica la misma ley a los derechos: a quien se despoja hasta dejarlo a solas consigo mismo no le han quitado sus derechos, es que no está la relación que haría nacer un derecho. De ahí 1.24: no ha sido rechazado; no hay quien lo reciba. En cuanto a quién puede ser el que le debe, la escritura ya respondió: la Ley no puede amarte, así que el amar han de hacerlo las personas (Evangelio de Platón 5.17, 5.20). El universo no puede deber. El deber solo pueden asumirlo personas. Además: 2.17 recoge que ella sostuvo que aquel hombre debía ser ahorcado, mientras que el capítulo tercero de El Libro de Camus está entero contra la pena de muerte. Los dos volúmenes discrepan aquí y la Orden no los concilia. Donde coinciden: Camus dice que si aquello fuera de veras justicia habría que hacerlo a mediodía en la plaza con todos los que votaron a favor allí de pie (El Libro de Camus 3.13), y Jerusalén fue exactamente eso: público, una sola vez, con el mundo entero mirando. De modo que el argumento más duro de Camus no muerde en este caso. Donde se separan: Camus no se apoya solo en el ocultamiento sino en otra frase, que no se puede matar a un hombre atado; Arendt se apoya en otra cosa, en que quien sostuvo que no compartiría la tierra con otros no puede esperar que otros quieran compartirla con él, que es el mismo razonamiento de su capítulo primero. No son razones del mismo género y no se dejarán reducir a una. El lector lo pesa. (cf. Hechos de los Apóstoles 5.19, 5.23)La frase de 3.8 es la que con más facilidad se extrae sola y se lee mal. Ella no habla de abandono ni de desprecio de sí. Dice que uno no puede amar una categoría a la que ya pertenece: ese amor no se puede comprobar nunca, porque siempre está además elogiando a quien lo profesa. Por eso ella solo amaba a personas concretas (3.6). Camus concuerda aquí con ella en vez de oponerse: aquello que el rebelde no cede 不只他有 — no es solo suyo; si fuera solo suyo sería su carácter y no rebeldía (El Libro de Camus 4.4, 4.5). Los dos ponen lo que importa del lado de lo que no es propiedad privada. En cuanto a lo que uno sí se debe a sí mismo, esta escritura no lo llama amor. Lo llama soberanía: solo la mente que examina se pertenece (El Pacto Supremo 1.4); quien nunca comparte lo mejor que tiene no es un soberano sino un almacén (Evangelio de Aristipo 5.13). Uno se rebela no por amarse a sí mismo, sino por pertenecerse.